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18 octubre, 2020

COLUMNA SEMANA DE ROMAN RETES

COLUMNA SEMANA DE ROMAN RETES

El problema con los aficionados que acuden al estadio es que a veces se ponen muy bestias. Es común ver que a los seguidores del equipo visitante se les reserve un espacio separado en el graderío y que no puedan entremezclarse con los locales.

No es nada entendible –ni mucho menos aceptable— esa falta de civilidad: estamos hablando, después de todo, de un simple juego en el que se compite para ganar, no para moler a golpes al otro ni para repudiarlo como si fuera el feroz enemigo de la salvaje tribu de enfrente.

Los hombres nos hemos dedicado prácticamente desde siempre a masacrarnos los unos a los otros. La historia no es otra cosa que un repetitivo recuento de batallas, conquistas e invasiones, sin demasiados detalles sobre las víctimas que se quedaron en el camino ni mayores consideraciones sobre el dolor humano. Algunos de esos antiguos rasgos de barbarie sobreviven todavía en bastantes individuos de la especie pero para eso, para contenerlos, están la leyes y las fuerzas del orden y las infracciones y, llegado el caso, las penas de prisión.PUBLICIDAD

Los famosos hooligans fueron una auténtica plaga en el futbol inglés y desde que se encaminaban al estadio cometían destrozos y actos vandálicos. Su amenazante brutalidad terminó por ser tan nociva que las autoridades, justamente, dispusieron severas medidas de control –limitar el acceso, identificar a los más rijosos, llevar a los vándalos a enfrentar cargos penales— y el fenómeno es casi un mero recuerdo en estos días. Por el contrario, parece ser que en el futbol argentino la violencia es punto menos que incontrolable.

Aquí hemos tenido también nuestra ración de desmanes y ha habido ocasiones en que los disturbios han provocado el cierre puro y simple de los estadios a manera de sanción para los clubes que han consentido, así fuere por mera omisión, esos inquietantes excesos. Es una pena porque, como tantas otras veces, pagan justos por pecadores y a los aficionados de corazón se les priva del merecido disfrute de estar ahí, en las tribunas, apoyando a su equipo.

En fin, el tema viene a cuento porque se han comenzado a celebrar encuentros con público en la Liga MX. Y, miren, tan sencillo como que todos los asistentes portan un tapabocas y guardan obedientemente distancia con los demás. En tiempos de pandemia, hay todavía menos lugar para los violentos.

revueltas@mac.com